6 mar. 2011

LA INFLUENCIA DE LA REVOLUCIÓN HAITIANA EN EL CARIBE Y LAS AMÉRICAS




La sublevación de agosto de 1791 de los esclavos de Santo Domingo, pronto convertida en insurrección  general, desembocó en la abolición de la esclavitud y en la Guerra de Independencia de Haití, abriendo paso a un triple proceso de destrucción del sistema esclavista, de la trata negrera y del sistema colonial.
En el decenio 1798-1807, antes de que Inglaterra iniciar a su cruzada contra el tráf ico negrero transatlántico, Haití fue la única nación que combatió la trata en el “Mediterráneo del Caribe”, persiguiendo a los navíos
portugueses y españoles y liberando a cargamentos enteros de cautivos africanos.
Entre 1795 y 1800, las insurrecciones de esclavos debilitaron el poder colonial en las posesiones españolas.
En Venezuela, por ejemplo, los insurrectos de Coro reclamaron en mayo de 1795 la “ley de los franceses”, esto es, la abolición de la esclavitud. En 1794-1795, estallaron también rebeliones de esclavos en las plantaciones de Luisiana.
Algo más tarde, en el per iodo 1810 -1812, la conspiración del cubano José Antonio Aponte en La Habana se inspiró en el ejemplo de Haití.
Los haitianos desempeñaron también un papel importante en la progresión del proceso de destrucción del
sistema esclavista en Guadalupe y Martinica, entre 1804 y 1848. Asimismo, la Revolución Hait i ana inf luyó en la rebelión de 1808 en la Guyana inglesa, la sublevación de los esclavos de Demerara en 1823, las insurrecciones de Jamaica en 1831-1832 y las revueltas de esclavos en Puerto Rico durante la primera mitad del siglo XIX. La llegada de haitianos a los Estados Unidos incitó a las autoridades de este país a reforzar el sistema esclavista, provocando a sí numerosas rebeliones de esclavos – especialmente en Luisiana – y luchas de resistencia heroicas como las de Gabriel Prosser (1800), Denmark Vesey (1822) y Nat Turner (1831).
En Venezuela, Francisco de Miranda (en febrero de 1806) y Simón Bolívar ( entre diciembre de 1815 y enero de 1816; y luego entre octubre y diciembre de 1816) recibieron una ayuda decisiva de Haití. El Presidente Pétion reclamó a Bolívar “la libertad general de todos los esclavos de la provincia de Venezuela”. El gobierno haitiano acordó también suministrar armas y municiones a los mexicanos conducidos por el general Mina en septiembre de 1816, así como a Colombia en septiembre de 1820. Por último, después de que la esclavitud se aboliera en 1848 en las colonias francesas, los “nuevos hombres libres” de éstas tomaron por modelo la Revolución Haitiana para preconizar la independencia de la isla de Guadalupe.
La Revolución Haitiana, al asociar las ideas de libertad e igualdad y emprender el camino de la independencia, puso en marcha un proceso irresistible de liberación en las Américas.
Oruno D. Lara
enero 20, 2010
La democracia haitiana nació hace un ratito. En su breve tiempo de vida, esta criatura hambrienta y enferma no ha recibido más que bofetadas. Estaba recién nacida, en los días de fiesta de 1991, cuando fue asesinada por el cuartelazo del general Raoul Cedras. Tres años más tarde, resucitó. Después de haber puesto y sacado a tantos dictadores militares, Estados Unidos sacó y puso al presidente Jean-Bertrand Aristide, que había sido el primer gobernante electo por voto popular en toda la historia de Haití y que había tenido la loca ocurrencia de querer un país menos injusto.
El voto y el veto
Para borrar las huellas de la participación estadounidense en la dictadura carnicera del general Cedras, los infantes de marina se llevaron 160 mil páginas de los archivos secretos. Aristide regresó encadenado. Le dieron permiso para recuperar el gobierno, pero le prohibieron el poder. Su sucesor, René Préval, obtuvo casi el 90 por ciento de los votos, pero más poder que Préval tiene cualquier mandón de cuarta categoría del Fondo Monetario o del Banco Mundial, aunque el pueblo haitiano no lo haya elegido ni con un voto siquiera.
Más que el voto, puede el veto. Veto a las reformas: cada vez que Préval, o alguno de sus ministros, pide créditos internacionales para dar pan a los hambrientos, letras a los analfabetos o tierra a los campesinos, no recibe respuesta, o le contestan ordenándole:
-Recite la lección. Y como el gobierno haitiano no termina de aprender que hay que desmantelar los pocos servicios públicos que quedan, últimos pobres amparos para uno de los pueblos más desamparados del mundo, los profesores dan por perdido el examen.
La coartada demográfica
A fines del año pasado cuatro diputados alemanes visitaron Haití. No bien llegaron, la miseria del pueblo les golpeó los ojos. Entonces el embajador de Alemania les explicó, en Port-au-Prince, cuál es el problema:
-Este es un país superpoblado -dijo-. La mujer haitiana siempre quiere, y el hombre haitiano siempre puede.
Y se rió. Los diputados callaron. Esa noche, uno de ellos, Winfried Wolf, consultó las cifras. Y comprobó que Haití es, con El Salvador, el país más superpoblado de las Américas, pero está tan superpoblado como Alemania: tiene casi la misma cantidad de habitantes por quilómetro cuadrado.
En sus días en Haití, el diputado Wolf no sólo fue golpeado por la miseria: también fue deslumbrado por la capacidad de belleza de los pintores populares. Y llegó a la conclusión de que Haití está superpoblado… de artistas.
En realidad, la coartada demográfica es más o menos reciente. Hasta hace algunos años, las potencias occidentales hablaban más claro.
La tradición racista
Estados Unidos invadió Haití en 1915 y gobernó el país hasta 1934. Se retiró cuando logró sus dos objetivos: cobrar las deudas del City Bank y derogar el artículo constitucional que prohibía vender plantaciones a los extranjeros. Entonces Robert Lansing, secretario de Estado, justificó la larga y feroz ocupación militar explicando que la raza negra es incapaz de gobernarse a sí misma, que tiene “una tendencia inherente a la vida salvaje y una incapacidad física de civilización”. Uno de los responsables de la invasión, William Philips, había incubado tiempo antes la sagaz idea: “Este es un pueblo inferior, incapaz de conservar la civilización que habían dejado los franceses”.
Haití había sido la perla de la corona, la colonia más rica de Francia: una gran plantación de azúcar, con mano de obra esclava. En El espíritu de las leyes, Montesquieu lo había explicado sin pelos en la lengua: “El azúcar sería demasiado caro si no trabajaran los esclavos en su producción. Dichos esclavos son negros desde los pies hasta la cabeza y tienen la nariz tan aplastada que es casi imposible tenerles lástima. Resulta impensable que Dios, que es un ser muy sabio, haya puesto un alma, y sobre todo un alma buena, en un cuerpo enteramente negro”.
En cambio, Dios había puesto un látigo en la mano del mayoral. Los esclavos no se distinguían por su voluntad de trabajo. Los negros eran esclavos por naturaleza y vagos también por naturaleza, y la naturaleza, cómplice del orden social, era obra de Dios: el esclavo debía servir al amo y el amo debía castigar al esclavo, que no mostraba el menor entusiasmo a la hora de cumplir con el designio divino. Karl von Linneo, contemporáneo de Montesquieu, había retratado al negro con precisión científica: “Vagabundo, perezoso, negligente, indolente y de costumbres disolutas”. Más generosamente, otro contemporáneo, David Hume, había comprobado que el negro “puede desarrollar ciertas habilidades humanas, como el loro que habla algunas palabras”.
La humillación imperdonable
En 1803 los negros de Haití propinaron tremenda paliza a las tropas de Napoleón Bonaparte, y Europa no perdonó jamás esta humillación infligida a la raza blanca. Haití fue el primer país libre de las Américas. Estados Unidos había conquistado antes su independencia, pero tenía medio millón de esclavos trabajando en las plantaciones de algodón y de tabaco. Jefferson, que era dueño de esclavos, decía que todos los hombres son iguales, pero también decía que los negros han sido, son y serán inferiores.
La bandera de los libres se alzó sobre las ruinas. La tierra haitiana había sido devastada por el monocultivo del azúcar y arrasada por las calamidades de la guerra contra Francia, y una tercera parte de la población había caído en el combate. Entonces empezó el bloqueo. La nación recién nacida fue condenada a la soledad. Nadie le compraba, nadie le vendía, nadie la reconocía.
El delito de la dignidad
Ni siquiera Simón Bolívar, que tan valiente supo ser, tuvo el coraje de firmar el reconocimiento diplomático del país negro. Bolívar había podido reiniciar su lucha por la independencia americana, cuando ya España lo había derrotado, gracias al apoyo de Haití. El gobierno haitiano le había entregado siete naves y muchas armas y soldados, con la única condición de que Bolívar liberara a los esclavos, una idea que al Libertador no se le había ocurrido. Bolívar cumplió con este compromiso, pero después de su victoria, cuando ya gobernaba la Gran Colombia, dio la espalda al país que lo había salvado. Y cuando convocó a las naciones americanas a la reunión de Panamá, no invitó a Haití pero invitó a Inglaterra.
Estados Unidos reconoció a Haití recién sesenta años después del fin de la guerra de independencia, mientras Etienne Serres, un genio francés de la anatomía, descubría en París que los negros son primitivos porque tienen poca distancia entre el ombligo y el pene. Para entonces, Haití ya estaba en manos de carniceras dictaduras militares, que destinaban los famélicos recursos del país al pago de la deuda francesa: Europa había impuesto a Haití la obligación de pagar a Francia una indemnización gigantesca, a modo de perdón por haber cometido el delito de la dignidad.
La historia del acoso contra Haití, que en nuestros días tiene dimensiones de tragedia, es también una historia.

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